En el barroco político —como anticipó Umberto Eco— la palabra sustituye a la obra y la proyección imaginada encubre la inacción presente. En ese escenario, Jenniffer González sobresale no por mentir —eso cualquiera lo hace—, sino por convertir la mentira en un dispositivo semiótico, en una máscara política que produce una versión alterna de la realidad más conveniente y siempre televisiva.