La Gran Simulatriz: Jenniffer González y el Barroco Arte de Mentir
- ecolon106
- Feb 16
- 4 min read
Eliseo R. Colón Zayas, Ph.D.
Presidente Fundación Periodismo Siglo 21
Recordamos esta semana a Umberto Eco en el décimo aniversario de su muerte, aquel intelectual que muchos conocieron en 1987 cuando llenó a reventar el teatro de la UPR en Río Piedras. Eco fue capaz de moverse entre la ficción histórica y la teoría de los signos con igual contundencia, y hoy sigue siendo un guía imprescindible para entender cómo las narrativas políticas moldean —y distorsionan— nuestra percepción del mundo.
Y porque su obra ilumina con precisión quirúrgica las estrategias del engaño, propongo, desde Eco, mirar un caso cercano: la semiótica de la mentira en la práctica política de Jenniffer González.
Pero sería injusto adjudicarle sola el arte de la simulación. Tras dos semanas sin agua en zonas metropoilitanas y costeras del país, titulares como “AAA prevé millonaria inversión en proyectos de agua” demuestran que las agencias del país han convertido el verbo prever en su refugio preferido: prometen sin prometer, anuncian sin anunciar y fabrican movimiento donde sólo hay humo. En el barroco político —como anticipó Eco— la palabra sustituye a la obra y la proyección imaginada encubre la inacción presente. En ese escenario, Jenniffer González sobresale no por mentir —eso cualquiera lo hace—, sino por convertir la mentira en un dispositivo semiótico, en una máscara política que produce una versión alterna de la realidad más conveniente y siempre televisiva.
Según Eco, el maestro del engaño político no disimula lo que es, sino que simula aquello que debe parecer: una máscara perfecta, una identidad construida para halagar, desviar, seducir, distraer y—si es necesario—culpar a terceros de aquello que emerge claramente de su propio dispositivo de poder. Eco lo dice con precisión quirúrgica al describir, en su ensayo “Strategies of Lying”, al Cardenal Jules Mazarin (1602–1661), quien gobernó Francia durante la minoría de edad de Luis XIV: “Mazarin es lo que consigue aparecer ante los demás; tiene una noción clara de que el sujeto es un producto semiótico”.
Como el cardenal Mazarin en el análisis de Eco, Jenniffer González no disimula: simula. No oculta lo que es; fabrica maripilescamente lo que debe parecer. El alivio contributivo inexistente es un ejemplo perfecto: no hay fondos ni aprobación de la Junta, pero la apariencia de alivio basta para ocupar titulares. La mentira aquí no opera como falsedad, sino como acontecimiento retórico: un gesto para cámaras, titulares y redes que funciona mientras nadie mire el presupuesto.
Como diría Montaigne, “La mentira es un vicio, pero un vicio necesario para quienes no soportan mirarse al espejo sin maquillaje”. Y González domina esa estética con la destreza de una cortesana del barroco tardío: declara real lo irreal y exige gratitud por ello.
Igual con el agua: aunque la AAA reporte barrios secos, la conferencia de prensa siempre fluye cristalina. La palabra, vaciada de contenido, vence ante la evidencia.
Así, aunque las tuberías goteen aire y herrumbre, basta con un micrófono para que González simule abundancia. El país seco, ella mojada. El pueblo cargando cubos; ella, posando junto a una planta de filtración, como si fuese el set de una serie de Netflix titulada “The Liquid Republic”.
No importa que la evidencia contradiga la palabra: cuando funciona como signo vacío, la palabra vence a la realidad. Y Jenniffer González es, sin duda, campeona en ese deporte.
Lo mismo ocurre con LUMA y Vivienda: nunca fallan; fallan “los otros”. Así, LUMA nunca falla; sólo falla la percepción ciudadana. Los escándalos de la Secretaría de la Vivienda no existen; sólo existen enemigos políticos que inventan ataques. La incompetencia no es incompetencia; es conspiración mediática y de los periodistas. La crisis no revela negligencia, sino enemigos. Como Nixon en Strategies of Lying, la culpa se desplaza, el libreto se reescribe y el personaje central emerge como víctima redentora, jamás responsable.
Eco advierte que el poderoso que simula no enfrenta a sus adversarios: los convierte en decorado, en reparto secundario de su propia dramaturgia.
La estrategia es mazarinesca —palabra que Eco usa con plena intención—: convertir cada crisis en una oportunidad para redefinir el papel del villano. Para Eco, el mentiroso eficaz desplaza la culpa, reescribe la trama y hasta cambia la moral del cuento, tal como Nixon intentó convertir Watergate en una fea anécdota ajena a él.
González hace lo mismo: ella siempre es la heroína, la salvadora, la que “advierte”, “gestiona”, “exige”, “supervisa” —aunque nada mejore— mientras los villanos son abstracciones: “el sistema”, “los burócratas”, “los de antes”, “los que destruyen la esperanza del pueblo”.
Eco lo resumió: el mentiroso eficaz no busca ocultar, sino ordenar. La mentira no encubre; jerarquiza. Construye un mundo paralelo en el que la líder siempre tiene razón y el pueblo siempre debe esperar.
Pero hasta ese arte tiene límites. Eco advertía que el mentiroso cae cuando su máscara ya no sostiene el libreto. Y hoy, ante un país sin agua, sin luz, sin transparencia y sin alivio real, la mentira deja de funcionar como narrativa y empieza a sonar como insulto.
Porque al final —aunque lo subestimen— el público reconoce cuando la actuación ya no convence: cuando el guion es tan malo que ni la mejor simulatriz puede sostenerlo.
Eco insiste en que la mentira política no es un accidente: es un sistema. Y Montaigne lo anticipó: “Quien miente una vez se fabrica un amo; quien miente siempre se convierte en él.”Jenniffer González no miente para ocultar —miente para mandar.

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