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ARTE QUE NO QUIERE CALLAR. CENSURA Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN PUERTO RICO

La libertad de expresión y la libertad de prensa no son categorías separadas de la libertad artística. Las tres brotan de la misma premisa: que ninguna institución tiene el derecho de decidir qué ideas merecen circular y cuáles no. Cuando un rector prohíbe que un coro cante, cuando se confiscan carteles, cuando se carpetea a un artista, el estado no solo suprime una obra. Suprime la conversación pública que esa obra genera.


Por: Brenda Reyes Tomassini

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Por cuarta ocasión, la presidenta de la Universidad de Puerto Rico, Zayira Jordán Conde, fue rechazada por estudiantes de la UPR, esta vez del recinto de Humacao, quienes durante el mensaje de la ceremonia de graduación se levantaron de sus asientos y le dieron la espalda.


Jordán Conde ordenó en días recientes al rector del recinto de Carolina prohibir las colaboraciones del coro de su recinto con otros grupos musicales del sistema UPR, luego de su interpretación de un segmento de la canción de Bad Bunny, Lo que le pasó a Hawaii en la colación de grados del Recinto de Ciencias Médicas. Cantantes de Carolina participaron junto al Coro del Recinto de Ciencias Médicas en dicho evento. Jordán Conde, quien goza de la antipatía de amplios sectores de la comunidad universitaria, se juega ahora otra carta tratando de censurar el arte que produce el primer centro universitario del país.



Históricamente, en Puerto Rico, el arte, incluyendo las creaciones de carácter contestario, en especial la música, ha sido blanco de presiones institucionales y control mediático. No olvidemos el veto a René Pérez, Residente, el caso de Garvin Sierra en Poli/Gráfica en 2024 cuando la curadora Lisa Ladner intento censurar la obra por un conflicto personal de ella, o la vandalización del mural Paz para la Mujer creado por el colectivo Moriviví en 2015. Tampoco podemos olvidar cómo nuestros ritmos autóctonos fueron silenciados por muchos años, ya que la música y el folclor popular siempre han apuntado a la denuncia. La construcción de nuestra identidad nacional está estrechamente atada al arte y las tradiciones. 


Crecí escuchando música de protesta, la nueva trova que sonaba en casa en el tocadiscos Technics del family room de nuestro hogar en Guaynabo, desde donde mismo vi gran parte de las vistas del Cerro Maravilla. Aquella música coexistía con discos de la ópera La Traviata, Danny Rivera, Tom Jones y música clásica. El año pasado me emocioné hasta el tuétano escuchando a Benito Martínez Ocasio cantar Lo que le pasó a Hawaii durante su residencia de conciertos en Puerto Rico, con el mismo taco en la garganta que me ocasiona escuchar La Muralla o Oubao-Moin de Haciendo Punto en Otro Son.


Desde los tiempos de nuestro primer gran pintor a nivel internacional, José Campeche, cronista de nuestra historia con su pincel en la época de las reformas borbónicas, hasta el sol de hoy, todas las expresiones artísticas en Puerto Rico han enfrentado el riesgo de la censura. En los años 60, el panorama de las artes plásticas en Puerto Rico comenzó a cambiar, sumado a una vorágine mundial de cambios sociales en los cuales se insertó la literatura latinoamericana, y el Caribe no fue la excepción. Pero antes de hablar sobre lo que paso en la década de los 1960’s en las artes, la UPR y como eso repercute en la decisión de Zayira y al Coro de la UPR, debemos repasar los elementos que propiciaron donde estamos hoy.


El arte al servicio de la denuncia adquirió fuerza sistemática tras la Primera Guerra Mundial, cuando los estados modernos descubrieron el poder de la imagen como arma. Fue entonces que la propaganda (carteles, fotografías, cine) se convirtió en instrumento de control masivo de la información. La otra cara de esa misma moneda fue la censura: lo que el estado promueve también puede suprimirlo. Esa lección no se perdió en las décadas siguientes y Puerto Rico no fue la excepción.


Al llegar Luis Muñoz Marín al poder en 1948 y fundarse la División de la Educación de la Comunidad, Puerto Rico tiene ante sí el proyecto más grande de arte e identidad nacional. Creado inicialmente para ser una conexión entre los artistas y la sociedad, DIVEDCO se convirtió en un foro de discusión ideológica y un espacio para reflexionar qué significaba ser puertorriqueño en una colonia. Esto puso en la mira del gobierno, la policía y del gobierno federal a ciertos artistas que no coincidían con las posturas del estado. Junto a la Ley de la Mordaza y la vigilancia policiaca, Puerto Rico comenzó lo que conocemos como el carpeteo, que duró hasta fines del siglo XX. 


En septiembre de 1969, cuando estudiantes de la UPR salieron a las calles exigiendo la salida del ROTC del campus y protestando contra la guerra de Vietnam, los carteles serigráficos fueron su voz más visible. Aquellas imágenes producidas en talleres universitarios-herederos directos del legado gráfico de DIVEDCO y Lorenzo Homar- fueron confiscadas por autoridades institucionales. Suprimir el cartel era suprimir el argumento: si no puedes ver la protesta, no existe.


"El arte en Puerto Rico ha representado el mayor intento de independencia cultural imaginable, junto con otras manifestaciones como la literatura, la música, etc.", decía en 1982, Luis Hernández Cruz. Décadas después, esa frase sigue siendo el diagnóstico más certero de por qué el poder siempre vuelve sus ojos hacia el arte con desconfianza.

Libertad de expresión, libertad de prensa: la misma batalla


Lo que hizo Jordán Conde no ocurre en el vacío. Es un eslabón más en una cadena larga. Cada vez que una institución decide qué canciones puede interpretar un coro universitario, está ejerciendo exactamente el mismo poder que confiscó los carteles del 69, que carpeteó a los artistas de DIVEDCO y que vandalizó el mural de Moriviví. El mecanismo es idéntico, solo cambia el disfraz.


La libertad de expresión y la libertad de prensa no son categorías separadas de la libertad artística. Las tres brotan de la misma premisa: que ninguna institución tiene el derecho de decidir qué ideas merecen circular y cuáles no. Cuando un rector prohíbe que un coro cante, cuando se confiscan carteles, cuando se carpetea a un artista, el estado no solo suprime una obra. Suprime la conversación pública que esa obra genera. A Benito trataron de silenciarlo con un intento de campaña de desprestigio previo a las elecciones 2024 pero no pudieron.  Su poder y reconocimiento es mas grande que cualquier poder político en Puerto Rico. El PNP gano las elecciones, pero la voz de Benito trasciende a nivel mundial con El Apagón, un retrato de una colonia caribeña en precario, plagada de corrupción y que dejo a 4645 almas morir tras el paso del Huracán María. 


Puerto Rico lleva más de un siglo navegando esa tensión. Sus artistas, pintores, músicos, gráficos, actores y cantantes han sido el termómetro más honesto del estado de las libertades en el país. Que hoy sea un coro universitario el blanco de la censura institucional no es una anomalía. Es la continuación de una historia que, al parecer, todavía no hemos terminado de escribir. Zayira Jordán Conde puede firmar un memo para silenciar a un coro, pero hay creaciones artísticas y voces que no caben en ningún memo administrativo. Hay protestas que no necesitan voz. Hay un pueblo que se resiste, como Aureliano Buendia, a la peste del insomnio que llego a la UPR.

 
 
 

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