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Penitencia Cuaresmal: La Pluma no da Agua, Pero Firma

Eliseo R. Colón Zayas, Ph.D.

Presidente Periodismo Siglo 21

 

Este Miércoles de Ceniza Puerto Rico no recibió la ceniza como símbolo: la recibió como diagnóstico. La pluma no dio agua, pero la otra pluma —la que firma leyes absurdas— funcionó sin interrupciones. En Puerto Rico, el agua no se bendijo porque no existe en el área metropolitana de San Juan. La ceniza cayó en las cabezas como símbolo de fragilidad y penitencia, pero lo que realmente falta es líquido: plumas secas, pueblo sediento, infraestructura caída.

 

En varios pueblos de la isla, los carnavales desbordaron cuerpos, música y alegría. En San Juan, el carnaval fue de camiones cisterna, la población molesta y murmullos corriendo por las aceras como si fuesen danzas rituales. La ciudadanía, cansada de esperar soluciones, se volvió procesión de supervivencia.

 

Sabemos que el carnaval invierte jerarquías, que el bufón puede decirle la verdad al rey, que la risa es un recurso energético para cuestionar el orden. Pero nuestro carnaval no invierte jerarquías, las administra. No hay sacudida del poder; hay un poder que se regodea en su continuidad. La risa no libera; reseca.

 

El alcalde de San Juan cuyo carnaval siempre se adelanta entre San Sebastián y micrófono increpa a la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados, AAA. Suena a carnaval: alguien grita en público. Pero el sistema no se toca. Solo se cambia de acusado. La AAA absorbe el enojo sin alterar la estructura. Criticar sin desestabilizar es la forma más refinada de obediencia ideológica.

 

Y mientras la isla conoce el desierto del agua, la gobernadora celebra en Washington. En fotografías oficiales publicadas por la secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Kristi Noem, la jefa de ICE, JGo posa sonriente junto a ella. Es un gesto que se vuelve simbólico y material a la vez cuando se mira desde la realidad de una isla con una población dominicana numerosa que vive con temor real a las políticas migratorias. La presencia de JGo junto a directora de una agencia dedicada a capturar cuerpos no es una fotografía diplomática. Es un gesto que revela la naturalización de la subjetividad colonial de una Jenniffer González que busca legitimidad en el aparato que nos has subordinado. Es la aceptación simbólica de un dispositivo represivo que, para muchas familias dominicanas y migrantes que habitan la isla, encarna miedo, expulsión y vigilancia cotidiana.

 

Lo inquietante no es que no sepamos lo que ocurre. Lo sabemos. Sabemos que la infraestructura colapsa. Sabemos que la crisis no es nueva. Y, aun así, seguimos actuando como si fuera un episodio aislado.

 

El carnaval, en su versión caribeña, debería ser exceso, desborde, cuerpo. Pero el cuerpo en San Juan no baila: suda. No celebra: espera. La llegada del camión cisterna reemplaza la comparsa. La coreografía es otra: abrir la pluma, escuchar el silencio, cerrar la pluma, repetir.

 

Hemos asistido esta semana a una liturgia profana. El poder no es obsceno porque mienta; es obsceno porque naturaliza la precariedad. La pobreza de la AAA se convierte en paisaje. La sequedad se vuelve rutina. El ciudadano aprende a almacenar agua como quien aprende una oración.

 

Miércoles de Ceniza inaugura la Cuaresma, tiempo de penitencia. Pero ¿quién hace penitencia aquí? No el aparato político. No el capital electoral. Los informes del Contralor Electoral muestran que los recaudos fluyen con disciplina hidráulica. Las campañas acumulan fondos. Los balances crecen. El dinero circula con una eficiencia que el agua no conoce.

 

He ahí el verdadero milagro contemporáneo: la liquidez financiera de la JGo, de Thomas Rivera Schatz y de Miguel Romero en medio de la sequedad material.

 

El carnaval suele celebrar el cuerpo y lo material como energía que renueva. En Puerto Rico no. Hogares sin agua ni electricidad no regeneran nada; exponen el abandono estructural.

 

Miguel Romero increpa. La AAA explica. La gobernadora proyecta presencia con la jefa de ICE. La ciudadanía almacena agua y generadores. Cada actor cumple su papel. ¡Ojo! que incluso la crítica puede convertirse en engranaje del sistema cuando no desestabiliza el marco que la contiene. La indignación administrada es parte del espectáculo.

 

Y el espectáculo necesita contraste: mientras algunos carnavales celebran, San Juan performa escasez. Mientras el Miércoles de Ceniza recuerda la fragilidad humana, la infraestructura recuerda la fragilidad estatal. Mientras el poder se fotografía en Washington, el barrio se fotografía junto a la cisterna.

 

El verdadero carnaval no es el de las comparsas, sino el de la inversión silenciosa: el dinero para las campañas de la JGo y de quienes aspiran a retarla fluye mejor que el agua. La campaña es más estable que la tubería. La imagen es más constante que el servicio público.

 

La sed de los capitalinos expone el modelo: el dinero circula mejor que el agua. La risa no tumba gobiernos. Sabemos la verdad y aun así repetimos el ritual. Pero no es una mala semana. Es una radiografía de estos tiempos.

 

El Miércoles de Ceniza dejó una cruz invisible sobre la isla: no de polvo, sino de tuberías vacías. Y el carnaval demostró que el orden no necesita agua para sostenerse; necesita narrativa.

 

El agua no fluye.

La política sí.

El dinero para las campañas, mejor que nadie.

 

Y en esa jerarquía líquida se revela la verdad grotesca del Puerto Rico contemporáneo. Las plumas cerradas sin agua no interrumpen el espectáculo. Lo confirman

 
 
 

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