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HABLAR CUANDO EL ORDEN SE HA ROTO: LA VOZ DE MARK CARNEY EN DAVOS

Eliseo R. Colón Zayas

Presidente Periodismo Siglo XXI


La primera vez que leí La montaña mágica de Thomas Mann, quedé deslumbrado. Su prosa y la lentitud casi hipnótica del tiempo en el sanatorio de Davos me daban esa sensación inquietante de estar leyendo una novela sobre la antesala de una catástrofe. Al año siguiente de leerla fui caminar por la nieve de Davos. Mann, premio Nobel de literatura había convertido la ciudad en un espacio mítico de la literatura europea. Llegar allí fue como entrar en una escena ya vivida: el aire frío, el silencio blanco, la idea de un lugar suspendido entre la enfermedad, la contemplación y la falsa seguridad. El sanatorio de tuberculosos de Hans Castorp era una metáfora de un mundo en descomposición. El final de la novela, con esos tambores de la Primera Guerra Mundial irrumpiendo en la última página, sigue siendo una de las imágenes más poderosas de la literatura moderna. Los diálogos entre dos de sus personajes, Castorp y Settembrini muestran la tensión entre el humanismo, la razón, el progreso y la ceguera histórica. Son verdaderamente joyas de discusión política y literaria que uno no olvida.


Primer Ministro de Canadá, Mark Carney
Primer Ministro de Canadá, Mark Carney

Con esa memoria a cuestas resulta imposible mirar Davos hoy como un simple foro económico. Davos siempre ha sido un lugar donde el mundo conversa consigo mismo mientras algo amenaza con romperlo. Esta semana, en ese mismo escenario cargado de historia y presagios, acaba de ocurrir algo revelador, finalmente, escuchamos un discurso reseñado y escuchado globalmente que se atreve nombrar el colapso del orden global, en contraste, con otra intervención que ni siquiera puede convertirse en texto.


Por un lado, el primer ministro canadiense Mark Carney tomó la palabra para decir, sin adornos, que el llamado orden internacional basado en reglas ya no funciona. Por otro, Donald Trump apareció envuelto en titulares, amenazas, gestos y frases sueltas, pero sin discurso escrito, sin transcripción y sin archivo. Esta asimetría no es anecdótica. Es profundamente política.

En el escenario ritualizado de Davos, en ese teatro global donde el poder suele hablar en nombre de la estabilidad, un primer discurso, el de Mark Carney, nos describe el desorden global al que Estados Unidos lleva al mundo, y una intervención, la del Trump, ni siquiera mereció llamarse discurso.


Lo que Davos puso en escena no fue simplemente un desacuerdo geopolítico, sino dos formas incompatibles de hacer política en la era del espectáculo.


El discurso de Carney: nombrar el colapso


El discurso de Carney es incómodo precisamente porque no tranquiliza. No habla de “transiciones”, sino de ruptura. No invoca nostalgias, sino que las desactivó con una frase clave: la nostalgia no es una estrategia. En lugar de prometer que el sistema puede repararse, afirmó algo más inquietante: EL SISTEMA YA SE ROMPIÓ.


En términos sencillos, Carney hizo algo que hoy resulta raro en la política global, dijo abiertamente que ya no ha terreno firme por el cual transitar, ya no hay suelo bajo los pies. Reconoció que las reglas existen, pero ya no obligan a todos por igual; que el poder se ejerce mediante coerción económica; y que muchas democracias han preferido apaciguar antes que asumir el conflicto. Decir esto, en Davos, equivale a retirar el decorado mientras la obra sigue en marcha.


Este gesto tiene una importante dimensión ética ante un Estados Unidos donde la ética está en pausa o simplemente ha desaparecido. Carney no se presenta como salvador ni como voz del “pueblo”, sino como sujeto responsable que se niega a seguir actuando una ficción. Su llamado a “quitar los letreros del escaparate” no es una metáfora ingenua: es una crítica directa a la política entendida como pura performance trumpista.


El no-discurso de Trump: política sin texto


Frente a esto, la intervención de Trump funciona de otra manera. No hay discurso escrito, no hay archivo, no hay cuerpo textual que pueda ser leído, citado o discutido con rigor. Lo que hay son frases dispersas, amenazas ambiguas, imágenes espectaculares y declaraciones contradictorias. El payaso balbucea.


Este vacío textual no es una falla sino el corazón de su estrategia. Trump no gobierna desde el discurso, sino desde el impacto mediático. No explica, interrumpe. No argumenta, descoloca. Su política se despliega mejor en titulares que en párrafos, en gestos que en razonamientos.


En la era de la mediatización extrema, esto es clave: el trumpismo no necesita coherencia, porque vive del acontecimiento. Cada frase es un evento; cada amenaza, un cliffhanger. La ausencia de transcripción no es casual: sin texto, no hay responsabilidad; sin archivo, no hay memoria; sin discurso, no hay posibilidad real de debate.


Espectáculo y post-política


Quienes estudiamos el discurso mediático, nos damos cuenta enseguida que aquí aparece una diferencia central. El discurso de Carney pertenece todavía, con todas sus limitaciones, a una política que cree en la palabra como acto responsable. El trumpismo, en cambio, se inscribe de lleno en la post-política, donde ya no se trata de convencer, sino de ocupar el espacio mediático.


En este régimen trumpista, la política se parece más a una serie de Netflix que a un proyecto colectivo: importa el ritmo, la tensión, la provocación. El contenido es secundario; lo esencial es mantener la atención. La amenaza sustituye al argumento; el gesto reemplaza a la ley.


Desde esta lógica, la pregunta no es si Trump tiene razón o no, sino qué efecto produce su intervención. Y el efecto es claro: desestabilizar, confundir, forzar reacciones. La política se vuelve espectáculo puro, y el espectáculo, forma de poder.


Cuando el Orden ya no responde


Vivimos un momento en que la autoridad  ya no garantiza nada, pero seguimos actuando como si lo hiciera. El orden existe, pero no manda; las normas están, pero no obligan. El problema no es solo el cinismo del poder, sino nuestra disposición a seguir fingiendo que funciona.

El discurso de Carney asume este vacío y lo hace visible. El no-discurso de Trump, por el contrario, lo tapa con ruido, con exceso, con espectáculo. Carney apuesta por una política sin ilusiones; el otro, Trump por una política sin texto.


Dos futuros posibles


Davos dejó así una escena inquietante. No porque Carney tenga todas las respuestas —no las tiene—, sino porque su discurso obliga a una pregunta incómoda: ¿qué significa hacer política cuando ya no hay ningún orden que restaurar? Trump responde a esa pregunta con fuerza, gestos y amenazas. Carney responde con palabras, límites y responsabilidad.


Entre ambos no hay solo una diferencia ideológica, sino dos concepciones del tiempo político. Trump y los trumpistas miran hacia atrás y prometen restauración; el primer ministro canadiense Mark Carney asume que el colapso ya ocurrió y que sólo queda actuar desde ahí.


Tal vez por eso el discurso de Carney existe como texto y el de Trump no. En un mundo saturado de espectáculo, escribir sigue siendo una forma de hacerse cargo. Y hoy, paradójicamente, eso resulta más subversivo que gritar.

 
 
 

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Gracias!!!!!

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