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PS 923: Moralina sin ética, punitiva, y ley sin personas responsables y la antesala del fascismo

Eliseo R. Colón Zayas, Ph.D.

Presidente Fundación Periodismo Siglo 21

 

I. La falsa moral del coro

 

Cuando una asamblea legislativa vota a viva voz, no está decidiendo sino que actúa en bloque. No hay personas, no hay responsabilidad individual, no hay rostro. Hay un coro. Y el coro siempre canta más fuerte cuando nadie tiene que responder por lo mala que es la letra de aquello que canta. En el caso del PS 923, esa votación colectiva no fue un accidente técnico ni un descuido procedimental. Fue una estrategia de falsa moral. No fue una expresión de moral y ética, sino su sustituto. Sabemos que la moral invocada como consigna ideológica, como la que vociferan los legisladores PNP y algunos PPD en los hemiciclos del Senado de Puerto Rico— necesita ruido y una unanimidad aparente. Mas, en cambio, el derecho y la formulación de una ley exigen silencio, precisión y responsabilidad individual. Cuando se grita en coro lo que debería pensarse a solas, la ley no se fortalece. La ley se vacía de sentido lógico y se evacúa como residuo social, como excremento de quien aprueba mediante univocidad coral. En otras palabras, la ley deja de significar. La ley se degrada en desecho normativo, expulsado por un cuerpo político que ya no razona

 

Votar a viva voz permite la comodidad perfecta. Nadie decide, pero todos imponen. La ley deja de ser un acto jurídico y se convierte en un gesto ritual. No se delibera, se consigna. No se argumenta, se repite. Así, una decisión que criminaliza cuerpos reales como la PS923 se disfraza de consenso ético. El problema no es sólo qué se aprobó, sino cómo se aprobó. Cuando la ley se aprueba sin sujeto, la violencia se vuelve administrativa, invisible, “natural”.

 

Ese es el primer síntoma de una política autoritaria, fascista. Estamos ante la disolución de la responsabilidad en nombre de una moral supuestamente superior. El legislador ya no actúa como ciudadano investido de poder público, sino como fiel que obedece una verdad previa. Y cuando la ley se obedece en lugar de pensarse, deja de ser ley.

 

II. Derecho canónico y la impostura

 

Aquí ocurre algo aún más revelador. Se ha invocado —explícita o implícitamente— una moral religiosa para justificar el PS 923. Pero basta conocer mínimamente el derecho canónico bien estudiado para notar la impostura. El derecho de la Iglesia, aun partiendo de una ética pro-vida estricta, es jurídicamente más cuidadoso que este proyecto. Distingue intención de resultado, acto directo de efecto colateral, culpa de imputabilidad. El derecho canónico sabe algo elemental: no todo puede ni debe traducirse en castigo penal.

 

Quien dice haber estudiado derecho canónico y aun así avala un texto como el PS 923 no lo está aplicando: lo está caricaturizando. Está usando el lenguaje de la fe para justificar un castigo sin estructura jurídica, sin proporción y sin garantías. Eso no es tradición jurídica; es moralismo punitivo. Es reducir siglos de pensamiento legal a un eslogan útil para gobernar por miedo, como cualquier régimen fascista.

 

Y aquí el paralelo es inevitable: tanto el que vota a viva voz como el que invoca un derecho que no respeta hacen exactamente lo mismo. Eliminan la mediación jurídica. Sustituyen la ley por la obediencia a un partido o un gobierno; el razonamiento por la lealtad al partido; y el texto por el líder fascista.

 

No hace falta mencionar cultos pentecostales ni liderazgos carismáticos para ver el patrón: cuando el Estado adopta una lógica donde la voz sustituye al argumento y la fe reemplaza al derecho, la legalidad se vuelve decorativa. Lo que manda no es la norma, sino la voluntad de quien se presenta como portador de una verdad incuestionable.

 

Eso tiene nombre histórico. No empieza con botas ni termina con censura inmediata. Empieza cuando el Estado deja de exigir razones y se conforma con aplausos. Cuando la ley se grita en lugar de escribirse. Cuando el castigo precede al pensamiento.

 

El PS 923 no es sólo una mala ley. Es una señal. Y las señales importan. Éstas anuncian el tipo de Estado que se está construyendo cuando pensar estorba y obedecer basta. Es la antesala de un estado fascista.


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