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MANUAL DEL BUEN SHERIFF: ÉTICA MORAL Y PODER EN EL TRUMPISMO


Eliseo R. Colón Zayas

Presidente Periodismo Siglo XXI


Puede que estemos viviendo el comienzo de un respiro. No porque el poder haya cedido, ni porque Donald Trump haya rectificado, ni porque el Departamento de Seguridad Nacional o ICE hayan descubierto súbitamente la ética. El respiro, si existe, viene de otro lado: de la interrupción, de la protesta, del cuerpo que cae y ya no puede ser administrado como daño colateral sin producir ruido, duelo e indignación.


Foto: Mario Tama (Getty Images)
Foto: Mario Tama (Getty Images)

A pesar de este respiro, la reciente encuesta del New York Times/Siena llevada a cabo entre el 12 y 17 de enero deja un dato que no puede despacharse con cinismo. Por un lado, la mayoría de los votantes cree que el país está peor, que Trump ha priorizado mal, que ICE ha ido demasiado lejos —incluso después de que una mujer fuera asesinada por un agente. No obstante, sorprendentemente por otro lado, un bloque duro sigue respaldando el proyecto trumpista. No estamos ante un déficit de información. Estamos ante otra jerarquía moral.


La pregunta decisiva ya no es “¿esto es justo?”, “¿esto es legal?” o “¿esto es humano?”. La pregunta, cada vez más explícita, es otra: “¿esto nos afirma?”


Esa es la moral del orden trumpista. Una moral empobrecida, tribal, punitiva, que tolera el daño como precio y celebra la dureza como virtud. No es una ausencia de ética; es algo más peligroso: una ética degradada convertida en método de gobierno.


Virtud abolida, vicio estilizado


Desde Aristóteles, gobernar exige phronesis: prudencia, templanza, deliberación y orientación al bien común. El trumpismo no se aparta de ese ideal por error: lo invierte. La impulsividad se presenta como autenticidad, la humillación como franqueza y la desmesura (hybris) como carácter; no faltan virtudes, se rebautizan los vicios. Así, gobernar deja de ser una práctica moral y se vuelve performance de fuerza: la lealtad personal sustituye a la justicia, el espectáculo reemplaza al juicio y el miedo se administra como pedagogía. Donde debería haber deliberación hay impacto; donde prudencia, ruido.


Ética y moral en la modernidad: cuando la dignidad se vuelve costo humano


Desde la ética moderna, el choque del trumpismo con la tradición moral es frontal. Para Immanuel Kant, tratar a toda persona como fin y no como medio es irrenunciable; sin embargo, la política trumpista convierte cuerpos en instrumentos disuasorios, ejemplarizantes y sacrificables. La encuesta del New York Times/Siena lo confirma con crudeza: una mayoría reconoce los excesos de ICE, incluso tras homicidios cometidos por agentes, pero no rompe con el liderazgo; el daño es visible, reconocido y aceptado como costo del orden. Desde John Rawls, la prueba del velo de la ignorancia revela el desplazamiento ético: muchos aceptarían este régimen porque confían en no ser el residuo; la justicia deja de ser universal y se convierte en seguridad diferencial, redistribuyendo el riesgo hacia abajo. Para Emmanuel Levinas, la ética nace del rostro del otro que obliga; el trumpismo lo borra mediante etiquetas (“ilegal”, “criminal”, “enemigo”), neutralizando la responsabilidad infinita: el otro es visto, pero no vincula. La retórica del DHS/ICE —“the worst of the worst”— actúa como coartada moral, convirtiendo la coerción en virtud y desplazando la pregunta “¿es justo?” por “¿nos afirma?”, signo de una pos-ética basada en la identificación libidinal con el poder. Finalmente, Hannah Arendt ayuda a nombrar el desenlace: el mal ya no grita, administra; hoy, incluso, se administra con adhesión afectiva, donde la violencia se integra emocionalmente como señal de orden y la obediencia deja de ser solo funcional para volverse identitaria.


Identidad secuestrada


Esto no es política de identidad en sentido fuerte; es su parodia reaccionaria. El trumpismo no rechaza las políticas de identidad: las secuestra, les arranca el contenido ético y las convierte en identitarismo punitivo. No busca reconocimiento para reparar injusticias, sino afirmación para castigar al otro. El trumpismo promueve una identidad sin responsabilidad y un afecto sin justicia. 


Conviene decirlo claramente: Trump también gobierna desde políticas de identidad. Pero no desde identidades que buscan reconocimiento, reparación o ampliación de la justicia, sino desde identidades blindadas contra la ética y la moral. Trump quiere identidades que no preguntan por el daño que producen, sino por la satisfacción simbólica que generan; identidades que no reclaman derechos, sino castigar sin permiso alguno. Son identidades asesinas cuyo único interés es la retribución monetaria al final de cada mes. 


Aquí está una de las trampas más eficaces del trumpismo: hacer pasar su proyecto por “anti-identitario”, cuando en realidad es hiper-identitario. “America First”, “law and order”, “los nuestros”, “la gente decente”, “los que trabajan duro”: todas son construcciones identitarias que delimitan pertenencia y exclusión. La diferencia es que estas identidades no se miden por criterios éticos ni morales, sino por lealtad, miedo y resentimiento. No buscan justicia; buscan afirmación.


Por eso la pregunta central ya no es “¿es justo?”, sino “¿a quién reafirma?”. Esa lógica no es una política de identidad emancipadora, sino su caricatura punitiva. Una identidad que no se deja interpelar por el rostro del otro, que no reconoce responsabilidad, que convierte la violencia en prueba de autenticidad es una identidad sin ética, una identidad sin moral, una identidad como coartada.


Cuando Trump habla de “orden”, no habla de orden ético ni moral. Habla de control, de jerarquía, de obediencia, de disciplinamiento. Es un orden que funciona precisamente porque suspende la ética y la moral. Un orden donde la ley no protege, sino selecciona; donde la autoridad no responde, sino impone; donde la muerte puede administrarse sin escándalo mientras sirva al mensaje correcto es un orden sin ética y moral.


El orden que yo defiendo —y que Trump combate— es exactamente el contrario. No defiendo el orden del miedo, sino el de la responsabilidad. No defiendo el orden de la pertenencia tribal, sino el de la dignidad humana. No defiendo el orden que borra rostros, sino el que empieza por reconocerlos. Ese orden ético que defiendo no promete tranquilidad ni grandeza. Promete conflicto, límites, incomodidad. Exige phronesis frente a la desmesura, dignidad frente a la eficacia, justicia frente al castigo, pensamiento frente al espectáculo. Y por eso mismo es intolerable para el trumpismo, que necesita identidades cerradas y emociones administrables.


¿Un respiro?


Las muertes de Renee Good y Alex Jeffrey Pretti, y las manifestaciones que siguieron, no anuncian automáticamente la caída de Trump. Sería ingenuo decirlo. Pero sí, hacen algo decisivo: rompen la ilusión de que todas las identidades están del mismo lado del orden. Revelan que hay identidades —éticas, morales, vulnerables, críticas— que no aceptan ser integradas en una política donde la vida humana es negociable. No, no garantizan la caída de Trump, pero sí señala que la ética y la moral no han sido completamente evacuadas del espacio público.


Y, si hay un respiro, no es porque el sistema haya corregido su rumbo, sino porque la ética y la moral vuelven a irrumpir como interrupción, no como consenso. Interrumpen como pregunta que no se deja silenciar: ¿qué tipo de orden necesita matar para sostenerse? ¿y qué tipo de orden empieza precisamente cuando esa muerte deja de ser aceptable?


Renee Good y Alex Jeffrey Pretti se convierten en mártires no porque el poder los nombre así, sino porque su muerte interrumpe. ¡Porque no pueden ser completamente absorbidos por el procedimiento! ¡Porque obligan a mirar el rostro que se quiso borrar!


Un respiro ético no es optimismo. Es el momento en que la pregunta vuelve a la cabeza y no puede ser sofocada ni por el ruido, ni por el miedo, ni por el espectáculo —¿cuántas vidas este orden de Trump está dispuesto a sacrificar para seguir llamándose orden?


Entre el orden de Trump y el orden ético y moral no hay terreno común. Sólo hay conflicto. Y en ese conflicto, la ética y la moral no restauran el orden: lo ponen en crisis. En estos momentos de trascendencia histórica: ¡Poner el orden en crisis es ya una forma de resistencia!

 
 
 

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