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ZAYIRA JORDÁN Y EL 'SABLAZO' A LA DEMOCRACIA DESDE LA UPR


Y es que, la escena se repite. Lo que hoy se impone en el Capitolio de Puerto Rico como espectáculo de poder —la desautorización, la confrontación, la disciplina— Zayira Jordán Conde lo reproduce en la Universidad de Puerto Rico, convirtiéndola no en un espacio de pensamiento, sino en un territorio intervenido para ejercer control, y donde pensar comienza a ser, peligrosamente, un acto de insubordinación.


Dedicado al recuerdo de una verdadera universitaria: Margarita Mergal Zimmerman

Ensayo 2  de la serie: La UPR y el imaginario mediático del país


Eliseo R. Colón Zayas, Ph.D.

Presidente Fundación Periodismo Siglo 21


Lo que ocurrió el 24 de marzo en la Universidad de Puerto Rico no fue un evento aislado ni una mera decisión administrativa. Es, precisamente, la materialización más cruda de lo que hemos venido planteando: el desplazamiento del significado de la universidad en el espacio público.


Si ya señalábamos que los medios han contribuido a construir una UPR narrada como crisis —déficit, gobernanza, conflicto—, el 24 de marzo asistimos a un momento en que esa narrativa dejó de ser representación para convertirse en acción. La destitución simultánea de 5 rectores, reportada en medio de tensiones institucionales y cuestionamientos internos del gobierno y del partido que la presidenta de la institución, Zayira Jordán Conde, y su Junta de Gobierno representan, confirma que su lógica gerencial pretende la reorganización violenta y atropellada a la Universidad de Puerto Rico.


Presidenta UPR, Zayira Jordan y Ricardo Dalmau, presidente Junta de Gobierno.
Presidenta UPR, Zayira Jordan y Ricardo Dalmau, presidente Junta de Gobierno.

Pero, lectores, díganme, ¿qué diferencia hay entre lo que hizo Zayira Jordán Conde y lo ocurrido el mismo día en el Capitolio? La respuesta es pura semiótica. Lo que pasó en el Capitolio de Puerto Rico entre Thomas Rivera Schatz y Francisco Domenech no fue un simple intercambio político, sino una confrontación directa por el control del poder institucional. En plena Comisión Total del Senado, Rivera Schatz desautorizó públicamente a Domenech, acusándolo de mentir y cuestionando su conducta en torno a posibles conflictos de interés, mientras Domenech respondió denunciando un intento de “gobernar desde la Legislatura” y advirtiendo sobre una “usurpación constitucional”. Lo que se escenifica, por tanto, no es deliberación democrática, sino una disputa por definir quién manda, quién decide y quién tiene la capacidad de imponer dirección dentro del aparato estatal. Es una política que ya no busca consenso, sino control; que no produce acuerdos, sino alineaciones; que no gestiona diferencias, sino que las confronta y las disciplina.


Esa misma lógica fue la que Zayira Jordán Conde desplegó en la Universidad de Puerto Rico. Así como en el Capitolio hoy día todo conflicto se resuelve mediante la exposición pública, la desautorización y la presión institucional, en la universidad la señora Jordán Conde traduce esa lógica en destituciones, reorganizaciones y silenciamientos. En ambos escenarios, el lenguaje sigue siendo institucional —ética, gobernanza, eficiencia— pero la práctica revela otra cosa: la sustitución del diálogo por la imposición y el gesto violento. 


No se trata de dos crisis separadas, sino de un mismo modelo de poder que atraviesa en estos momentos el país. Es el modelo de poder del gobierno PNP donde la universidad deja de ser espacio de pensamiento y se convierte en estructura administrable, y donde la política deja de ser deliberativa para convertirse en un ejercicio de control. Lo que está en juego, en ambos casos, es la estabilidad de todas las instituciones puertorriqueñas, y la posibilidad misma de sostener una cultura democrática basada en el pensamiento, el disenso y la imaginación colectiva. Está en juego la democracia puertorriqueña Y ahí radica el punto clave.


Lo que hasta ahora habíamos descrito como un proceso discursivo —la mediatización de la universidad como crisis, como problema administrativo, como institución a ser gestionada— hoy se materializa como acción. La universidad deja de ser simplemente narrada como objeto de intervención para convertirse, efectivamente, en un territorio intervenido.


El premio Nobel, novelista y ensayista, José Saramago, al pensar esa estrecha relación entre la Universidad y la Democracia, dice: “La universidad […] debería ser, tanto o aún más que una institución dispensadora de conocimientos, el espacio por excelencia de formación del ciudadano […] educada para el espíritu crítico, para el debate responsable de las ideas.” Pero advierte, con lucidez inquietante, que “lo que llamamos hoy democracia se asemeja, tristemente, al paño solemne que cubre el ataúd donde ya se está pudriendo el cadáver.” De ahí la urgencia de su llamado: “Hay que procurar la manera de reinventar la democracia […] Y que la universidad nos ayude.”


Por eso, cuando la UPR aparece sistemáticamente enmarcada como una crisis, y ese marco termina por definir su significado público, uno se pregunta: ¿cómo salvaguardamos la democracia en Puerto Rico. En el momento en que la UPR deja de ser percibida como un espacio de conocimiento y pasa a ser vista como un problema administrativo, lo que está en juego es el futuro de la democracia en Puerto Rico.


Este desplazamiento de significado de la UPR no es neutral. Tiene efectos concretos en la forma en que la sociedad imagina el papel de la universidad. Esto plantea una pregunta crucial: ¿la prensa simplemente refleja la transformación de la universidad o también la produce? La evidencia sugiere que hace ambas puesto que lo que ocurre con la universidad es lo que sucede con cualquier otro asunto informado a través de los medios. 


Por un lado, los medios informan sobre conflictos reales. Pero, por otro, al privilegiar ciertos marcos narrativos, como ha sido en el caso de la UPR —crisis, déficit, gobernanza—, contribuyen a construir un imaginario específico de la institución Así, el lenguaje mediático describe a la universidad como institución neoliberal, a la vez que normaliza en el discurso público este tipo visión. Este punto es clave para comprender el papel de los medios de comunicación en una sociedad democrática. Esto es importante, ya que son los medios los que transmiten información y configuran el horizonte de lo que el público puede pensar y discutir.


El retrato de una UPR, casi siempre asociada a crisis administrativas, contrasta con otra imagen muy arraigada en la memoria cultural del país: la universidad como laboratorio intelectual, cultural y científico de Puerto Rico. 


No se trata de caer en una narrativa nostálgica para transmitir la idea de que hubo una edad dorada universitaria que luego se perdió. El historiador Fernando Picó llamó la atención sobre ese fenómeno en su ensayo «La universidad imaginada». Picó nos recuerda que cada generación universitaria tiende a construir su propia imagen ideal de la institución, muchas veces cuando percibe que esa universidad está desapareciendo o transformándose. En ese sentido, la nostalgia universitaria no es nueva, sino que forma parte de la historia misma de la universidad. Cada generación recuerda a los grandes profesores de su juventud, las discusiones intelectuales que marcaron su época o las tradiciones académicas que considera irrepetibles. Pero esas imágenes suelen ser construcciones retrospectivas.


Por otro lado, para comprender mejor la transformación actual de la universidad, resulta útil observarla desde una perspectiva histórica más amplia. La cronología elaborada por Silvia Álvarez Curbelo y Nereida Rodríguez, titulada Los tiempos de la universidad es una herramienta particularmente reveladora para hacerlo. Allí se muestra que la universidad ha atravesado múltiples etapas desde su fundación, cada una marcada por las condiciones políticas, sociales y culturales de su tiempo. Los ensayos de Pico y de Álvarez Curbelo y Rodríguez forman parte de la colección de ensayos que aparecen en el libro Frente a La Torre, Ensayos del Centenario de la Universidad de Puerto Rico, 1903-2003.


La historia de la Universidad de Puerto Rico no es la de una institución estable que luego entró en crisis. Es, más bien, la historia de una institución que ha cambiado continuamente.


Para comprender esta tensión, no basta con examinar los problemas institucionales de la universidad; es necesario situarla en una transformación más profunda del modelo universitario contemporáneo. Como han señalado filósofos, sociólogos, geógrafos y teóricos culturales como Jean-François Lyotard, Peter Fleming, David Harvey, Frederic Jameson y Stanley Aronowitz, el conocimiento ha pasado de legitimarse por grandes narrativas —emancipación, progreso, formación ciudadana— a evaluarse por su performatividad: su eficiencia, utilidad y rendimiento dentro de un sistema. Este desplazamiento ha favorecido la consolidación de una universidad gerencial, organizada según lógicas corporativas, métricas de productividad y modelos como el de la calidad total, que miden el conocimiento reconfigurándolo como dato, indicador y capital gestionable.


En Puerto Rico, esta transformación adquiere una dimensión adicional, pues los medios de comunicación contribuyen a presentar, construir y a definir la universidad como una institución neoliberal en el espacio público. Al representar la universidad en términos de crisis, eficiencia o administración, los medios reproducen el marco del neoliberalismo global descrito por Harvey y la mutación cultural del capitalismo tardío analizada por Jameson. Así, lo que Mark Fisher denomina “realismo capitalista” se vuelve sentido común: la universidad empresarial aparece no como una opción ideológica, sino como la única condición inevitable, reforzada por un lenguaje mediático que naturaliza esa forma de entender la institución.


En otras palabras, la UPR es representada de la misma manera que cualquier otra agencia pública. Desde esta perspectiva, la prensa describe la universidad neoliberal y contribuye a normalizarla.

El problema, entonces, no es únicamente institucional. Es también cultural. Por ello, la pregunta no es qué tipo de universidad tenemos, sino qué tipo de universidad imaginamos cuando hablamos de ella. La lógica del mercado puede reorganizar ciertos aspectos administrativos de la universidad, pero no puede sustituir por completo su función cultural, intelectual y científica. Una universidad pública no existe únicamente para producir capital humano ni para competir en rankings internacionales. También existe para generar conocimiento crítico, formar ciudadanos y contribuir a la reflexión colectiva de una sociedad.


Durante gran parte del siglo XX, la Universidad de Puerto Rico fue uno de los principales espacios en los que el país pensó su historia, su cultura y su futuro. Si la universidad se reduce exclusivamente a una organización administrativa evaluada por su eficiencia institucional, esa función intelectual corre el riesgo de desaparecer del imaginario público. Las universidades no cambian únicamente mediante leyes o presupuestos. También cambian a través de las historias con que una sociedad les cuenta. Y hoy, esas historias se cuentan —cada día— a través de los medios de comunicación.


Cuando del discurso mediático desaparecen las dimensiones inherentes a la universidad —generar conocimiento crítico, formar ciudadanos y permitir que una sociedad reflexione sobre sí misma—, la universidad pierde su centralidad como espacio de pensamiento. 


Cuando una sociedad pierde uno de sus principales espacios de pensamiento, lo que está en juego no es solo una institución. Está en juego la calidad de su vida democrática y su futuro democrático.


Hemos visto que la Universidad de Puerto Rico no es sólo el objeto de este análisis. ¡Es también un espejo! Sí, mis lectores, a través de la UPR hemos podido observar cómo los medios de comunicación construyen significados públicos, cómo organizan la percepción social y cómo contribuyen —consciente o no— a definir el lugar del conocimiento en la sociedad y, con ellos, al futuro de la democracia.


La pregunta final, entonces, no es únicamente qué universidad tiene Puerto Rico.


La pregunta es otra: ¿qué tipo de sociedad —y qué democracia— se construyen cuando el conocimiento deja de ocupar un lugar central en el relato público?


Porque, en última instancia, la forma en que hablamos de la universidad es también la forma en que hablamos del país y de cómo renovar la democracia puertorriqueña. 


Y es que, la escena se repite. Lo que hoy se impone en el Capitolio de Puerto Rico como espectáculo de poder —la desautorización, la confrontación, la disciplina— Zayira Jordán Conde lo reproduce en la Universidad de Puerto Rico, convirtiéndola no en un espacio de pensamiento, sino en un territorio intervenido para ejercer control, y donde pensar comienza a ser, peligrosamente, un acto de insubordinación.

 
 
 

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Como expresa Laura Ortiz Negrón, la distinguida socióloga y colega universitaria por siempre, te doy mi enhorabuena por, de manera inmediata, plantear el tema universitario que nos ocupa y preocupa. Sabía que no lo pospondrías bajo ninguna circunstancia, ni siquiera si intentaran priorizar otra inmediatez. Asi que además de felicitarte, aprovecho para dejar saber mi perspectiva sobre el tema que te ocupa y nos ocupa. Paso a dejar mi opinión, sin ser solicitada, pecando de oportunista y, con ello, incluyo al menos un grano de arena en la discusión que afecta a aquellos que hemos participado de la vida universitaria por varias décadas y que consideramos a la Universidad de Puerto Rico (UPR) una casa a la que siempre acudiremos,…


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