top of page
Search

El SUPER BOWL ya no vende futuro: LO CANTA BAD BUNNY

Eliseo R. Colón Zayas, Ph.D.

Presidente Periodismo Siglo 21

 

Durante décadas, el Super Bowl fue el gran escaparate de la publicidad como vanguardia cultural. No se trataba solo de vender productos, sino de marcar una época. El ejemplo canónico sigue siendo el anuncio de Apple (1984): un spot que no presentó únicamente la Macintosh, sino una promesa ideológica de liberación individual frente al totalitarismo tecnológico. El Super Bowl funcionaba entonces como escenario inaugural del futuro.

 

En 2026, algo cambió. La publicidad estuvo ahí, correcta, e ingeniosa en algunos casos, pero no organizó el sentido del evento. Incluso The New York Times, uno de los pocos medios que reseñó sistemáticamente los anuncios, terminó orbitando alrededor de otra cosa: BAD BUNNY. El centro simbólico del Super Bowl ya no fue el anuncio, sino el cuerpo, la lengua y el performance de un artista puertorriqueño cantando en español ante la mayor audiencia televisiva de Estados Unidos. Este desplazamiento no es anecdótico. Es estructural.

 

Del anuncio-objeto al acontecimiento-performativo

 

Si el anuncio de Apple en 1984 representó el momento en que la mercancía se volvió mito, el show de Bad Bunny marca un giro distinto: la marca se vuelve secundaria frente al acontecimiento cultural. El capitalismo tardío ya no necesita tanto prometer futuros tecnológicos; necesita gestionar afectos, identidades y conflictos.

 

Bad Bunny no presentó un producto. Presentó una presencia. Y esa presencia reorganizó la atención mediática de tal forma que incluso la crítica conservadora —incluida la de Donald Trump— se vio obligada a reaccionar.

 

Puerto Rico: visibilidad sin soberanía

 

Para Puerto Rico, como ya hemos señalado, Bad Bunny no opera como integración cultural, sino como afirmación sin traducción. Su performance no “representa” a la isla en el sentido diplomático; la desborda. En un contexto de colapso infraestructural y desgaste institucional, el cuerpo del artista funciona como archivo vivo de una nación sin Estado pleno, pero con una potencia cultural imposible de borrar.

 

El Super Bowl, emblema del poder estadounidense, se convierte así en un espacio donde la colonia habla en primera persona, sin pedir permiso ni subtítulos.

 

Trump y la escena del desborde- Cuando el centro se descentra

 

Era previsible la reacción de Donald Trump. Dijo que no vería el Super Bowl. Luego criticó el show. Queda la duda de si esas declaraciones son plenamente suyas o el producto de un dispositivo automatizado de reacción política, una especie de bot ideológico operado por su equipo.

 

Pero aquí la pregunta relevante no es si Trump vio o no el espectáculo, sino por qué tuvo que hablar de él.

 

El trumpismo se alimenta de la provocación permanente, del exceso verbal, de la saturación del espacio simbólico. En ese sentido, su exceso discursivo no es un error suyo ni de su equipo operador del bot ideológico, sino que es su modo de funcionamiento. Trump no responde para argumentar; responde para mantener el circuito libidinal de la polarización. El lenguaje se vuelve ruido productivo. Bad Bunny, sin decir una palabra política explícita, forzó ese ruido rumiante de Trump.

 

El Super Bowl 2026, marcado por la centralidad de la performance de Bad Bunny y por la inmediata reacción crítica de Donald Trump, es aún más elocuente. Trump entra en escena no como actor central, sino como reacción, pues el poder habla cuando se siente desplazado. El Super Bowl, símbolo del imperio, ya no logra controlar completamente su propio relato. El centro se ve obligado a alojar lo que históricamente relegó a la periferia. No como caridad multicultural, sino como condición de su propia relevancia global.

 

Lo imaginable contra el realismo capitalista

 

El realismo capitalista nos ha convencido de que no hay alternativas, solo variaciones del mismo orden. Bad Bunny rompe esa clausura no con un manifiesto, sino con una reconfiguración de lo imaginable: un Super Bowl donde el centro no habla inglés, donde el Caribe no es folclor, donde la diferencia no se presenta como excepción. Eso no destruye el sistema, pero fisura su sentido común. Esa fisura es el primer acto político posible. Que la publicidad haya quedado en segundo plano no es casual: el capitalismo actual ya no se legitima solo vendiendo objetos, sino administrando diferencias culturales. Y en esa administración, Bad Bunny no es un engranaje dócil.

 

Afectos, fronteras y pertenencias

 

La irrupción de Bad Bunny como acontecimiento cultural dominante en el Super Bowl 2026, eclipsando tanto a la publicidad como al relato nacional estadounidense, se entiende como una disputa por los regímenes de pertenencia. La política contemporánea no se decide sólo en el plano de la información, sino en el de los afectos colectivos. Bad Bunny produce identificación transnacional, un “nosotros” que cruza fronteras lingüísticas, raciales y nacionales.

 

Frente al discurso trumpista —que necesita fronteras claras, enemigos visibles y jerarquías estables—, la performance de Bad Bunny propone una comunidad porosa, incómoda, imposible de fijar.

 

Conclusión

 

En 1984, Apple nos vendió una computadora prometiendo libertad. EN 2026, BAD BUNNY NO VENDIÓ NADA, y SIN EMBARGO DESPLAZÓ TODO. La publicidad pasó; el acontecimiento quedó. Trump habló; el espectáculo ya había hecho su trabajo. El Super Bowl sigue siendo un ritual del poder, pero este año dejó ver algo más inquietante: el poder ya no controla del todo qué significa ese ritual. Y cuando eso ocurre, incluso el imperio tiene que improvisar.

 

Comments


Commenting on this post isn't available anymore. Contact the site owner for more info.

© 2023 by Fundación Periodismo Siglo XXI

  • Circle-icons-mail.svg
  • Ivoox
  • Youtube
  • Facebook
bottom of page